viernes, 25 de septiembre de 2015

EL DIOS DE UN LIBREPENSADOR

Por Ramón Romero

Está dentro de cada humano, a su alcance.
Responde cuando el humano decide buscarlo.
No es creador sino creado por el humano, a su necesidad y medida.
No vive en grupos, comunidades o iglesias que lo pretenden patrimonio suyo.
No tiene pueblos escogidos ni amados predilectos.
No ha dictado códigos, mandamientos o libros sagrados.
No tiene que ver con las religiones o centros de culto.
No requiere de sacerdotes, pastores, mediums, obispos, ministros, líderes, rabinos o escogidos para ser intermediarios entre él y el humano.

Hace innecesarios los mitos, dogmas, ritos, y teologías para encontrarlo.
No proclama vidas eternas, retornos, resurrecciones ni reencarnaciones.
No hace milagros.
No promete paraísos ni cielos.
No amenaza con infiernos, demonios ni purgatorios.

Es el más leal amigo con el que se conversa y dialoga.
Comprende, consuela, orienta y da esperanza cuando con él se platica.
Su diálogo puede entenderse como un monólogo del humano con su conciencia.

Es amplio y flexible.
Genera armonías y balances.
Puede ayudar a pensar más claro.

Carece de ego, y por ello es innecesario que el humano se le humille, le suplique o le ruegue.
No necesita alabanzas ni  sacrificios.
No requiere que se le pida nada.
No demanda ofrendas de ningún tipo.
No reparte bendiciones.
No concede perdones.

No tiene vida eterna. Muere cuando muere el humano dentro del cual vive; se acaba con él.
No es espíritu ni alma ni carne.
No tiene representantes sobre la tierra, ni hijos, apóstoles, regentes, profetas, obispos o pastores.
Puede permanecer ignorado por siempre.
Protege y guarda.
Es humanista, toma partido en favor de lo humano.

Nunca limita la libertad del humano.
Es subjetivo, no objetivo. Por ello es innecesario probar su existencia.
Sólo acude cuando el humano lo invita a diálogo.

Es fuente de la serenidad necesaria para lograr orientación.
No entiende de pecados ni de pecadores.
Nunca manda ni ordena.
No exige obediencia.
No juzga al humano.
No castiga.
No premia.
No salva.

Acompaña. Nunca abandona al humano, haga este lo que haga. Está siempre disponible.
No se siente amenazado por la ciencia ni pretende someterla a la fe.
No es contrario a la desalienación que provoca la filosofía.

Es amoral: no es bueno, no es malo. No existe en el marco de la lucha entre el bien y el mal.

Es prescindible.

No es injusto.
No es vengativo.

Apela siempre a la serenidad y la calma.
No es perfecto.
No se impone.
No tiene enemigos.
No odia.
No es sobrenatural ni anti natural.

Acepta que el humano dentro del que vive se proclame ateo, escéptico o agnóstico.
Está convencido que lo más importante no es en que se cree sino que se hace.
Sabe que cada humano es hijo de sus obras; que cosecha lo que sembró.

Un dios con estas características es diferente a los dioses de las religiones y comunidades de fe. Lo más seguro es que este dios de un librepensador sea una herejía y no un dios para los religiosos. Quizá muchas religiones que monopolizan su auto inventada y auto asignada autoridad teológica afirmen que se trata de un ateísmo y lo condenen. Pero --muy a pesar de ellos--  es EL DIOS DE UN LIBREPENSADOR.  

¡¡¡QUIZÁ DE UNO SOLO!!!  


¡¡¡QUIZÁ DE MUCHOS!!!

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