Por Ramón Romero
Está dentro
de cada humano, a su alcance.
Responde cuando el humano decide buscarlo.
No es creador sino creado por el humano, a su
necesidad y medida.
No vive en grupos, comunidades o iglesias que lo
pretenden patrimonio suyo.
No tiene pueblos escogidos ni amados
predilectos.
No ha dictado códigos, mandamientos o libros
sagrados.
No tiene que ver con las religiones o centros de
culto.
No requiere de sacerdotes, pastores, mediums,
obispos, ministros, líderes, rabinos o escogidos para ser intermediarios entre
él y el humano.
Hace innecesarios los mitos, dogmas, ritos, y
teologías para encontrarlo.
No proclama vidas eternas, retornos,
resurrecciones ni reencarnaciones.
No hace milagros.
No promete paraísos ni cielos.
No amenaza con infiernos, demonios ni
purgatorios.
Es el más leal amigo con el que se conversa y
dialoga.
Comprende,
consuela, orienta y da esperanza cuando con él se platica.
Su diálogo
puede entenderse como un monólogo del humano con su conciencia.
Es amplio y
flexible.
Genera armonías y balances.
Puede ayudar a pensar más claro.
Carece de ego, y por ello es innecesario que el humano se le humille, le suplique o le ruegue.
No necesita alabanzas ni sacrificios.
No requiere que se le pida nada.
No demanda ofrendas de ningún tipo.
No reparte bendiciones.
No concede perdones.
No tiene vida eterna. Muere cuando muere el humano dentro del cual vive; se acaba con él.
No es espíritu ni alma ni carne.
No tiene representantes sobre la tierra, ni
hijos, apóstoles, regentes, profetas, obispos o pastores.
Puede permanecer ignorado por siempre.
Protege y guarda.
Es humanista, toma partido en favor de lo
humano.
Nunca limita la libertad del humano.
Es subjetivo, no objetivo. Por ello es
innecesario probar su existencia.
Sólo acude cuando el humano lo invita a diálogo.
Es fuente de la serenidad necesaria para lograr orientación.
No entiende de pecados ni de pecadores.
Nunca manda ni ordena.
No exige obediencia.
No juzga al humano.
No castiga.
No premia.
No salva.
Acompaña. Nunca abandona al humano, haga este lo que haga. Está siempre disponible.
No se siente amenazado por la ciencia ni
pretende someterla a la fe.
No es contrario a la desalienación que provoca
la filosofía.
Es amoral: no es bueno, no es malo. No existe en
el marco de la lucha entre el bien y el mal.
Es prescindible.
No es injusto.
No es vengativo.
Apela siempre a la serenidad y la calma.
No es perfecto.
No se impone.
No tiene enemigos.
No odia.
No es sobrenatural ni anti natural.
Acepta que el humano dentro del que vive se proclame ateo, escéptico o agnóstico.
Está convencido que lo más importante no es en
que se cree sino que se hace.
Sabe que cada humano es hijo de sus obras; que
cosecha lo que sembró.
Un dios con estas características es diferente a los dioses de las religiones y comunidades de fe. Lo más seguro es que este dios de un librepensador sea una herejía y no un dios para los religiosos. Quizá muchas religiones que monopolizan su auto inventada y auto asignada autoridad teológica afirmen que se trata de un ateísmo y lo condenen. Pero --muy a pesar de ellos-- es EL DIOS DE UN LIBREPENSADOR.
¡¡¡QUIZÁ DE
UNO SOLO!!!
¡¡¡QUIZÁ DE MUCHOS!!!
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